La gravedad de las cosas frágiles

Arrasar con lo débil
es exceso de humanos,
arrastrar hacia el suelo a lo que flota inane,
en vuelo trémulo tan sólo sujeto
por un par de precarias alas rotas.

Negarle un suspiro a un fuego que se apaga,
tirar fuerte de una cuerda que se rompe,
asfixiar a lo que ya se ahogaba.
La síncopa devorando lo incompleto,
inevitable como un hipo
que en su trivialidad destroza un verso.

Los castillos de naipes se caen de un soplo
por mucho que los sostenga
una escalera de color
y sin embargo es esa mano tan humana que se acerca
a colocar la última carta
la que tiembla pensando en la excitación de arrasar,
la que suele sucumbir de puro tedio.

Estábamos tan casi rotos
que no supimos contener el grito de acabar de destrozarnos
tan a punto de quebrarnos
que no pudimos resistirnos al placer inexplicable de hacernos picadillo,
tan blandos,
tan quebradizos,
tan irritantes
que inspirábamos violencia,
demasiado armados para no agredirnos,
demasiado débiles para no matarnos.

Y quién no nos hubiera aplastado,
si éramos ya tan humanos
como aquella cucaracha en el suelo de tu cocina,
quién nos hubiera dejado vivir
si ni siquiera Greenpeace protege a los animales inmundos.

Todos nos volvemos suicidas
si estamos lo bastante asomados a la baranda
y ni siquiera hizo falta:
reventamos el puente
de puro vértigo.

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Bucaneros de voz grave y aguas dulces

Apuntalando las flaquezas de unos versos
con la voz de un marinero en pleno invierno.
Una lengua se revuelca entre los dientes
intentando enjuagar verbos anónimos,
más anónimos que el timbre que los cobija.

Almirante, sabes poco del grumete que te observa
atónito ante el reparto de los roles:
si el barco navega, iza la tripulación las velas;
al capitán, sentado, lo refugia el camarote.

Capitulaciones

Este camino que piso
huele a sangre;

reverbera en mis oídos
el murmullo de la muerte.

A mi pesar
te quería
aunque medí mis palabras;
a mi pesar
te quise
mas decidí no quererte.

Disfrazo de dignidad la ironía
de no atreverme a fallarte:
sé que sin falta lo haría.

Entre las fronteras que emigro
no es necesario trazarte.

Son difusas, tramposas
las líneas de la utopía.

Papel mojado

Escurriendo la pena en los bordes
de innumerables fotos cuadradas,
sacándole brillo a esta ventana
haremos que llueva mañana
o quizá hubo tormenta ayer;
nunca importó menos el parte
en este desorden premeditado
de sábanas revueltas y solitarias,
en este huracán de imágenes calculadas
insinuando presencias ficticias,
de poemas mentirosos codificando
eslóganes prefabricados,
esta amalgama de sonrisas planas que olvidamos ejercer,
que no podremos ya soñar,
tristes como los escaparates de los locales que se traspasan
sin que nadie se haya puesto la ropa,
anhelos que esperan sin que nadie sople las velas,
vidas ajenas esperando a ser respiradas por otro
que tenga el aliento, las ganas y la carne,
currículums insuficientes
o excesivamente elaborados
para trabajos temporales y precarios.

Demasiado cualificados para el aire que nos vacía los pulmones.

Demasiado temerosos de olvidar lo que fue ayer.

No habrá disco duro capaz
de albergar
las cosas que nos perdimos.

Clic

De pronto brillan mis pestañas al asomo del asomo de unos misteriosos ojos. Brillan mis uñas y me relucen las fauces al contacto con la sangre, brillan. Brillan con la fuerza de lo que se extingue al momento, brillan las comisuras al borde de mis colmillos al primer resuello que es estertor ya, temblorosas las encías adyacentes de la gula que es perderse por la carne. Brilla el sudor un instante, brilla la saliva con la chispa del pedernal que prende la superficie inflamable y resbalosa de dos pieles que se frotan trémulas, que brillan, restregándose lisas brillan y ciegan como todo lo que se enciende y se apaga en un disparo: percutor y flash, fósforo y lija; virutas de bengala al viento, chisporrotea un segundo una verbena en el aire nocturno que reluce y brilla e hipnotiza; pero ya nos desvanecimos antes, anticipados en otros aires que serán tan instantáneos e inertes como la propia muerte, que también brilla con convicción constante, pues ejecuta con pulso firme, refulgente, triunfal como lo único que es cierto y ahora las retinas, antaño tan tenaces, sólo son capaces de dejar de vomitar cuando ya se sopló la vela y está oscuro, los lagrimales brillan luego un poco en un intento pero se desparraman y se vuelven secas las ramblas que se desbordaron y las pupilas se abren como puertas chirriantes anhelando un resquicio de luz marchita donde ya sólo queda paz, tiniebla y un descanso beligerante y al fondo una lejana estrella que brilla, titilante, al extremo de un longevo túnel, rodeada de una extensión inconcebible de negrura.