Rigor periodístico

 

Mis amigos no me obsequian con mentiras piadosas.
Dejan que hable la realidad soez de los balances de mis cuentas.
Saben
(sabemos)
que a lo sumo espera algún amor destartalado,
acorde a mi pobre contraoferta.
No son tampoco crueles.
Evitan corroborar estas sospechas.
Desde luego, no son horteras
ni vulgares.

Se abstienen de insultar mi inteligencia.

Pues no se trata de adornar el vertedero
ni de afirmar con vehemencia:
«aquí hiede».

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Naturaleza insulsa

Un dedo tentando el agua helada;
unos prismáticos,
un mapa.

Siempre la misma rabieta,
cambiando con timidez la disposición de las cosas.

Achicar agujeros,
esparadrapo entre los dedos,
ir tirando.

Cierro la boca:
necesito ahogar este grito que ya aburre.

Pero no encuentro matiz alguno en las palabras que me prohíbo.

No existe iridiscencia en el aroma
de esta manoseada pena.

La gravedad de las cosas frágiles

Arrasar con lo débil
es exceso de humanos,
arrastrar hacia el suelo a lo que flota inane,
en vuelo trémulo tan sólo sujeto
por un par de precarias alas rotas.

Negarle un suspiro a un fuego que se apaga,
tirar fuerte de una cuerda que se rompe,
asfixiar a lo que ya se ahogaba.
La síncopa devorando lo incompleto,
inevitable como un hipo
que en su trivialidad destroza un verso.

Los castillos de naipes se caen de un soplo
por mucho que los sostenga
una escalera de color
y sin embargo es esa mano tan humana que se acerca
a colocar la última carta
la que tiembla pensando en la excitación de arrasar,
la que suele sucumbir de puro tedio.

Estábamos tan casi rotos
que no supimos contener el grito de acabar de destrozarnos
tan a punto de quebrarnos
que no pudimos resistirnos al placer inexplicable de hacernos picadillo,
tan blandos,
tan quebradizos,
tan irritantes
que inspirábamos violencia,
demasiado armados para no agredirnos,
demasiado débiles para no matarnos.

Y quién no nos hubiera aplastado,
si éramos ya tan humanos
como aquella cucaracha en el suelo de tu cocina,
quién nos hubiera dejado vivir
si ni siquiera Greenpeace protege a los animales inmundos.

Todos nos volvemos suicidas
si estamos lo bastante asomados a la baranda
y ni siquiera hizo falta:
reventamos el puente
de puro vértigo.