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De pronto brillan mis pestañas al asomo del asomo de unos misteriosos ojos. Brillan mis uñas y me relucen las fauces al contacto con la sangre, brillan. Brillan con la fuerza de lo que se extingue al momento, brillan las comisuras al borde de mis colmillos al primer resuello que es estertor ya, temblorosas las encías adyacentes de la gula que es perderse por la carne. Brilla el sudor un instante, brilla la saliva con la chispa del pedernal que prende la superficie inflamable y resbalosa de dos pieles que se frotan trémulas, que brillan, restregándose lisas brillan y ciegan como todo lo que se enciende y se apaga en un disparo: percutor y flash, fósforo y lija; virutas de bengala al viento, chisporrotea un segundo una verbena en el aire nocturno que reluce y brilla e hipnotiza; pero ya nos desvanecimos antes, anticipados en otros aires que serán tan instantáneos e inertes como la propia muerte, que también brilla con convicción constante, pues ejecuta con pulso firme, refulgente, triunfal como lo único que es cierto y ahora las retinas, antaño tan tenaces, sólo son capaces de dejar de vomitar cuando ya se sopló la vela y está oscuro, los lagrimales brillan luego un poco en un intento pero se desparraman y se vuelven secas las ramblas que se desbordaron y las pupilas se abren como puertas chirriantes anhelando un resquicio de luz marchita donde ya sólo queda paz, tiniebla y un descanso beligerante y al fondo una lejana estrella que brilla, titilante, al extremo de un longevo túnel, rodeada de una extensión inconcebible de negrura.

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La exactitud

¿Cuál es la medida exacta de un suspiro? Se sincroniza en un tropiezo, un hipo justo antes de expulsar, húmedo, el aire, que por un momento desconoce si entra o sale, de tan trémulo y progresivamente gris. Tal vez lo hayáis visto: hoy en día lo vemos todo, pero nunca lo tocamos. Vemos viento escapar de pulmones doloridos, pero apenas lo escuchamos y rara vez estamos a la distancia suficiente para medir temperatura en su sonido. Yo me pregunto en qué momento nos volvimos tan cínicos que dejamos de aceptar un buen gesto; tan mezquinos como para dejar de ofrecerlo. Cuándo nos volvimos tan mercantilistas que pusimos un fin a todas nuestras acciones. Se alzó una voz diciendo que ése era el precio del progreso y la creímos, y dijimos que era bueno trazar un hilo entre los brazos que se abren rodeando la espalda de los abrazados. Empezamos a adelgazar los brazos y a correr el nudo de la soga, y desde entonces sonreímos posando, respiramos con el cronómetro en las manos. Y, buscando la medida justa de ese suspiro perfecto nos volvimos sucios y ordinarios, como cerdos descarriados escarbando en mitad de un cenagal.

Realidad virtual

Te temo como se teme a una comodidad transitoria
inserta en medio de una vida de carencias.

A esa envolvente del corazón que se parece tanto
a la que produce una tecla de piano:
el sonido asciende pero aguarda, constante, apagarse
tras un tiempo en el que parece
dispuesto a no hacerlo nunca.

Te temo como teme el niño descubrir que no hay monstruo en el armario
ni debajo de la cama;
como se teme el turismo a lo mejor
cuando se lleva toda una eternidad
instalado en lo mediocre.

Te temo como temen fumador, ex fumador y no fumador al tabaco:
porque estás, porque no deberías estar y porque nunca llegaste.

La ficción, al menos, sabemos que no existe.

A ella siempre podremos volver.

Zurderías y destrezas

Carezco de mano hábil, pero hay quien dice que son bonitas. Tengo buen pulso cuando escribo, aunque no cuando me río. Escribir es algo que hago con la izquierda. Reírme, sin embargo, me gusta hacerlo con las dos riberas de mi cuerpo, la que está seca y la que moja. Entro a las habitaciones con cualquier pie, siempre y cuando sea el incorrecto; y tropiezo, tropiezo mucho. Como las cosas no me suelen salir bien, pues desconozco al principio con qué mano emprenderlas, las empiezo siempre más de una vez y aquí estamos de nuevo, ante un folio en blanco. Ser torpe suele ser una buena excusa para gozar de otra oportunidad.

Así, puede que este no sea ni el primer ni el último lugar en el que leas algo que haya salido de mi mano. Todo sale siempre de mi mano: ella media mejor entre mi interior y mi exterior que mi boca. No sabemos si por la habilidad de la primera o por la torpeza de la última, pero de momento, de lo que acabas de leer sólo una cosa es verificable: esta es mi casa ahora y espero que también la tuya, durante los minutos que seas capaz de permanecer conmigo. Bienvenida. Bienvenido.