I.

Fijaste a mi corazón un vacío
nada más verte:
pleno, atiborrado de lejano estruendo,
pisotones de millares de futbolistas hambrientos
a la caza de una liebre
en un estadio del tamaño de Tiananmén.

Tejí una incógnita en forma de túnel
entre tus ojos y los míos,
una boca de metro por la que reptaron,
en silencio, centenares de bicicletas.
Y me dije:
¿Será este vacío tan grande
una extensión del mío?

Grité entonces ¡eco!, bien fuerte.

Muy a mi pesar,
volvía.

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La puerta

Mira que estaba lejos
el letrero de salida;
¡qué lejos!
Casi ni se veía.
Si no entornabas los ojos
parecía que ni había puerta.
Era difusa, como la de Truman.
Tenía hasta su escalera.

Pasaron dos minutos
y me tropecé con los peldaños.
Los miré con desconcierto,
pues ya no hubo ni tiempo
para el “por si no nos vemos luego…”

Me pregunté dónde estabas
y todavía me lo pregunto.
¡Si yo sabía bien el camino
y te perdí sólo un segundo!

Mira que estaba cerca
la puerta
por donde te ibas.

Bucaneros de voz grave y aguas dulces

Apuntalando las flaquezas de unos versos
con la voz de un marinero en pleno invierno.
Una lengua se revuelca entre los dientes
intentando enjuagar verbos anónimos,
más anónimos que el timbre que los cobija.

Almirante, sabes poco del grumete que te observa
atónito ante el reparto de los roles:
si el barco navega, iza la tripulación las velas;
al capitán, sentado, lo refugia el camarote.

Capitulaciones

Este camino que piso
huele a sangre;

reverbera en mis oídos
el murmullo de la muerte.

A mi pesar
te quería
aunque medí mis palabras;
a mi pesar
te quise
mas decidí no quererte.

Disfrazo de dignidad la ironía
de no atreverme a fallarte:
sé que sin falta lo haría.

Entre las fronteras que emigro
no es necesario trazarte.

Son difusas, tramposas
las líneas de la utopía.