Veintiuno

Se llamaba J. y no era lo que quería.
Ni lo que requería,
si es que se puede necesitar un tropiezo.
Se llamaba J. y la afirmación brillaba en su nombre,
en sus dedos y en sus actos.
Se llamaba J. y era un exceso y sin embargo
J. era todo lo que uno olvida,
lo que se olvida con desdén y no con fuerza,
lo que se abandona en un rincón de la mente sin abrirlo,
los recuerdos que no hieren
que no importan
porque, si nunca hieden
no hay necesidad siquiera de sacarlos a la calle.

J. era toda esa nada ya entonces,
y yo también lo era,
fuimos telaraña en un rincón bien alto del verano,
morralla pura,
el capítulo que se descarta del libro
por ser demasiado irrelevante,
innecesario.
Recuerdo poco.
Tan sólo resacas, tedio y algo de culpa,
el rubor de un vago sentimiento utilitario,
un número
y un lamento que siempre me acompaña:
resultó que la crueldad existe
y J. también lo descubrió aquel jueves.

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