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De pronto brillan mis pestañas al asomo del asomo de unos misteriosos ojos. Brillan mis uñas y me relucen las fauces al contacto con la sangre, brillan. Brillan con la fuerza de lo que se extingue al momento, brillan las comisuras al borde de mis colmillos al primer resuello que es estertor ya, temblorosas las encías adyacentes de la gula que es perderse por la carne. Brilla el sudor un instante, brilla la saliva con la chispa del pedernal que prende la superficie inflamable y resbalosa de dos pieles que se frotan trémulas, que brillan, restregándose lisas brillan y ciegan como todo lo que se enciende y se apaga en un disparo: percutor y flash, fósforo y lija; virutas de bengala al viento, chisporrotea un segundo una verbena en el aire nocturno que reluce y brilla e hipnotiza; pero ya nos desvanecimos antes, anticipados en otros aires que serán tan instantáneos e inertes como la propia muerte, que también brilla con convicción constante, pues ejecuta con pulso firme, refulgente, triunfal como lo único que es cierto y ahora las retinas, antaño tan tenaces, sólo son capaces de dejar de vomitar cuando ya se sopló la vela y está oscuro, los lagrimales brillan luego un poco en un intento pero se desparraman y se vuelven secas las ramblas que se desbordaron y las pupilas se abren como puertas chirriantes anhelando un resquicio de luz marchita donde ya sólo queda paz, tiniebla y un descanso beligerante y al fondo una lejana estrella que brilla, titilante, al extremo de un longevo túnel, rodeada de una extensión inconcebible de negrura.

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