Equilibrio

Equilibrio es primavera
y un pie fuera de la manta,
es el centro de la cama,
algo de sobras en el plato
y el hambre justa
que agudiza olfato y vista.

Equilibrio es un compás entre los días,
días lúcidos, equitativos y brillantes.

Equilibrio es, bien entendida,
la rutina; gravedad
que no precipita sino impulsa.
Es el sol que alumbra igual
sin refractarse
entre redes,
páginas
o sábanas revueltas.

Equilibrio es un vacío
que no lo es tanto
porque es aire lo que deja:
no del que se respira
sino del que te lleva.

Equilibrio es la exactitud
de las cuentas inexactas:
cuando dos no divide uno en sus mitades
ni uno corta en rebanadas la existencia.

Equilibrio es la pasión del eremita;
la sensación animal
de los placeres no verbales,
es afanarse en afincarse en la experiencia
de vivir dicha en la vida
sin contarla.

Equilibrio es coserse
las alas en el pecho
para poder hacerlo solo
y volar mirando al cielo.

Equilibrio es recordarte,
pero sólo un poco, un poco romo:
sin acercarme descalza
a los confines de la pena
donde sé que merodean
las chinchetas.

Equilibrio es seguir andando
sin la vida a media asta, danzar
entre el boj del laberinto sin buscarte
ni encontrarte debajo de los setos,
acampar dentro,
entre los claros:

allá en los olores donde ya no existes,
donde las flores ya no intentan mencionarte.

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Corto un cable a cada cruce y siempre explota algo

Es cosa natural del ser humano
orientar la vista hacia el espacio
donde más espacio queda
y es por ello,
y no por otro asunto,
que se está más vivo cuanto menos se ha vivido.

No tanto por disponer de más tiempo para hacerlo,
sino por no tener pasado alguno al que mirar.

Que arrepentirse es verbo de eterno presente,
que sólo el abandono es para siempre,
y para siempre sólo vive en el olvido.

No pesan los años,
ni las canas,
ni los caminos tomados,
sino cada sendero inexplorado,
abandonado a conciencia
en cada cruce.

Pesa cada yo distinto que pudimos haber sido
cuando nos tuvimos, superhéroes, en las manos, como niños;
y es que sólo se puede tener todo sin renuncias,
y esto únicamente es posible
cuando la vida no ha formulado aún sus preguntas.

Que crecer es sucumbir al interrogatorio,
y contestar, y delatarse,
y morirse un poco matando sueños,
porque quien más habla de sueños es quien sólo tiene uno,
pero qué pasa con quienes albergamos
más expectativas que niños hambrientos el mundo;
qué sucede con nosotros, los que dejamos asfixiarse una ambición
con cada bocanada de aire que respiramos;
qué ocurre con los que le hacemos una transfusión a cada nueva alternativa
sin saber siquiera si será incompatible y la mataremos

o si tendremos suficiente sangre.

A qué nos podemos agarrar
los que nos ilusionamos
y nos arrepentimos
a cada centímetro que avanzamos,
los que sufrimos a cada golpe que no nos dieron
y a cada amor de nuestra vida que dejamos pasar,
los que perdemos el aliento a cada peldaño,
a cada año estéril,
a cada salto al vacío,
a cada mes provechoso,
a cada beso equivocado,
a cada persona acertada,
a cada decisión no tomada,
a cada duda,
a cada error,
a cada ensayo,
a
cada
estreno.

Dicen los sabios que sólo se lamenta lo que no se hace,
pero a mí lo que me duele de verdad son los minutos,
desfilando uno a uno ante mis ojos,
desde el futuro hacia el pretérito,
pero nómadas, siempre nómadas:
nunca se quedan conmigo.

Me horroriza que ya no me hieras
porque fuiste tiempo como ellos;
pero supongo que las horas son tan hermosas y tan horribles
como cualquier chica guapa,
así que no iba a ser yo la piedra
en la cintura de tu reloj de arena.

Me apena no poder refugiarme en Historia ni porvenir,
porque ellos sí son hogar de superficie y lecho,
y en este presente
que me regala el azar
—y hasta le tendré que dar las gracias—
no me caben ni los dedos de uno solo de mis pies.

Así que,
decidme:
¿vosotros no sentís también
que la vida

es
sólo
caída?

La exactitud

¿Cuál es la medida exacta de un suspiro? Se sincroniza en un tropiezo, un hipo justo antes de expulsar, húmedo, el aire, que por un momento desconoce si entra o sale, de tan trémulo y progresivamente gris. Tal vez lo hayáis visto: hoy en día lo vemos todo, pero nunca lo tocamos. Vemos viento escapar de pulmones doloridos, pero apenas lo escuchamos y rara vez estamos a la distancia suficiente para medir temperatura en su sonido. Yo me pregunto en qué momento nos volvimos tan cínicos que dejamos de aceptar un buen gesto; tan mezquinos como para dejar de ofrecerlo. Cuándo nos volvimos tan mercantilistas que pusimos un fin a todas nuestras acciones. Se alzó una voz diciendo que ése era el precio del progreso y la creímos, y dijimos que era bueno trazar un hilo entre los brazos que se abren rodeando la espalda de los abrazados. Empezamos a adelgazar los brazos y a correr el nudo de la soga, y desde entonces sonreímos posando, respiramos con el cronómetro en las manos. Y, buscando la medida justa de ese suspiro perfecto nos volvimos sucios y ordinarios, como cerdos descarriados escarbando en mitad de un cenagal.