Realidad virtual

Te temo como se teme a una comodidad transitoria
inserta en medio de una vida de carencias.

A esa envolvente del corazón que se parece tanto
a la que produce una tecla de piano:
el sonido asciende pero aguarda, constante, apagarse
tras un tiempo en el que parece
dispuesto a no hacerlo nunca.

Te temo como teme el niño descubrir que no hay monstruo en el armario
ni debajo de la cama;
como se teme el turismo a lo mejor
cuando se lleva toda una eternidad
instalado en lo mediocre.

Te temo como temen fumador, ex fumador y no fumador al tabaco:
porque estás, porque no deberías estar y porque nunca llegaste.

La ficción, al menos, sabemos que no existe.

A ella siempre podremos volver.

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De bruces y de espaldas

Un cuerpo azul violáceo
tirita, en su animal desnudez,
aterido,
contra las blancas baldosas del baño.

La piel casi traslúcida
deja ver centenares
de filigranas de capilares
y venas llenas de agotamiento.

Un diminuto fragmento
de algo que podría ser un diente
reposa
cercano a un exiguo charco de sangre
que se acumula lentamente
bajo un pómulo femenino.

De su boca entreabierta
por la presión del carrillo derecho contra el suelo
nace una respiración entrecortada
marcando el tictac irregular
de un pulmón cruel que suelta cada vez
un poco más de oxígeno del que recoge.

La quietud de la escena contrasta
con la brutal violencia del instante
inmediatamente anterior.

Fue conmovedora la caída,
excesiva, tan injusta como redundante:
resbalón al salir de la ducha
mezcla de agua, jabón
y una imprevista lubricidad,
sonora bofetada de la plena e indefensa anatomía
expuesta de súbito
y decúbito prono,
de bruces contra la cerámica,
tras un golpe nasal previo de advertencia
contra el borde redondeado
pero contundente
del lavabo.

La chica se estremece,
palpita su hipotermia incremental
entre estertores,
que van apagando poco a poco las funciones vitales,
no ya los sentidos
ni mucho menos la consciencia,
como quien sopla una a una las velas
en una hilera interminable de palmatorias;
el desorden multiorgánico y emocional
la condena al ostracismo
tras una irónica puerta
primorosamente cerrada con llave por la víctima,
que aguarda en vano
a una ambulancia que no viene,
pues ignora que esa espalda sin abrazos
—que fuera acaso la mía—
está partida
en mil millones de pedazos.

Amor de vitrina

Tres bocanadas de aire para un náufrago en pleno mar embravecido.
Cinco gotas de agua en una cantimplora en mitad del desierto.
Un torniquete en el miembro a medio gangrenar.
Un par de tiritas y un beso para un puñado de heridas de bala.
Media docena de camisetas de manga corta para todos los mendigos de Siberia.
Cuatro lacasitos para erradicar el hambre en el mundo.

Si me querías dar aire, yo ya me ahogaba.
No sabes suturar y mis heridas son profundas como fosas abisales.
Si pretendías evitar que me desangre, hace tiempo que me estoy necrosando.
No abrigas lo suficiente para todo este frío,
no te esfuerces:
No hay rehabilitación ni cura para esta bulimia emocional.

Y sin embargo.

Si eres capaz de asumir que el dolor tiene un solo dueño,
que nada sirve de nada,
que la condena es mirarnos sin saber ni entender nunca del todo,
que estamos aquí para observarnos sin resolvernos,
para abrazarnos sin arreglarnos ni solucionarnos,
para nublarnos las incógnitas y no para despejárnoslas,
si crees que mis ojos son los idóneos,
justo los que quieres contemplar mientras todo lo demás se deteriora,
si quieres admirar cómo me duelo,
cómo me erosiono,
cómo me muero,
sabiendo que
no
vas
a
poder
intervenir,
si, aún así, no te has largado:

Quédate a mirar.