A pesar del buen tiempo

Atesoro dignidad,
orgullo,
avarienta de mi exigua libertad,
celosa guardia
a la entrada del ya largo tiempo conquistado
y fortificado yermo
donde nada acontece,
nada llueve,
nada crece.

Es hogar también
aunque sea incómodo,
es, sin duda, un sitio al que volver,
uno seguro al sobrevenir la noche.
Templado está ya el catre
con dos años de mi cuerpo,
son de sobra conocidas a este suelo
las huellas de mis extraños pies.
Los escasos palmos
de este escueto domicilio
sosiegan, predecibles,
a mi arrítmico latir.

A través de la ventana de esta celda
veo brillar, incandescentes, las promesas.
Cegadoras, de un fulgor casi distante,
falsamente seductor
como fuegos artificiales.

Pocos nudillos llaman ya a esta puerta,
bien saben que una réplica es cuanto menos improbable.
El timbre que ahora parece sonar al otro lado
es proeza en su optimismo
y me hace hasta dudar,
un solo momento:
el que tardo en recordar
el frío que hace fuera.

Más joven, me habría enamorado hasta en invierno.

Ahora me abrigo
a pesar del buen tiempo.

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