Naturaleza insulsa

Un dedo tentando el agua helada;
unos prismáticos,
un mapa.

Siempre la misma rabieta,
cambiando con timidez la disposición de las cosas.

Achicar agujeros,
esparadrapo entre los dedos,
ir tirando.

Cierro la boca:
necesito ahogar este grito que ya aburre.

Pero no encuentro matiz alguno en las palabras que me prohíbo.

No existe iridiscencia en el aroma
de esta manoseada pena.

I.

Fijaste a mi corazón un vacío
nada más verte:
pleno, atiborrado de lejano estruendo,
pisotones de millares de futbolistas hambrientos
a la caza de una liebre
en un estadio del tamaño de Tiananmén.

Tejí una incógnita en forma de túnel
entre tus ojos y los míos,
una boca de metro por la que reptaron,
en silencio, centenares de bicicletas.
Y me dije:
¿Será este vacío tan grande
una extensión del mío?

Grité entonces ¡eco!, bien fuerte.

Muy a mi pesar,
volvía.

2008

Nothing fuels a good flirtation
like need and anger and desperation

A. M.

¿Cuándo dejó todo de importar?
¿Cuándo dejamos de andar desesperados?
Echo de menos el ansia, la ansiedad y el pánico.
Salir corriendo tras de ti en la madrugada.

Tenías palabras de sobra para partirme la cara
y a mí aún me quedaba mucha que partir.

Mientras algunas bocas recuerdan besos
mis mejillas añoran el rubor abrasador de tus golpes bajos.

Eras un torniquete de la talla perfecta:
yo entonces siempre me andaba desangrando.

Estaba fuera de casa y tú abriste algo los brazos.
Teníamos apenas veinte años.

Ojalá nos hubiéramos odiado en condiciones
pero caí en la tentación de esperar sin pedir
y dar sin esperar.
Me quedaron las manos vacías.

Hoy nada me quita el aliento;
pero no es por exceso de fondo.

Los caminos cuesta arriba
ya no llevan a la cima.

Cuando la ficción supera a la realidad

El tiempo transforma en ecos de un dolor sordo
las punzadas que nos derrumbaron el aliento.
Hoy solo queda reuma.
Se puede seguir caminando.

Hoy queda
un olor que evoca un tacto ya templado.
Una mirada perforando el futuro con exceso de celo,
dosificando las fuerzas invertidas.

Sabiendo que, llegado el momento,
nos faltará el siete de picas
que soltamos por tener la casa llena.

Hoy queda,
con suerte, algún texto.
De los que disimulan lo mezquino de la vida.

Un dólar por asomarte a mi pensamiento.
Para que puedas volver a marcharte.
Lo llevo siempre en la cartera.
Desgastada, como casi todo lo que tengo.
Me gustan las cosas viejas.
El romance con el recuerdo.

El amor que permanece
cuando todos ya se fueron.

¿Por qué excederá en valor,
tanto, la memoria al sueño?

No puedo pagarme la autopista
aunque tenga todo este dinero.

Veintiuno

Se llamaba J. y no era lo que quería.
Ni lo que requería,
si es que se puede necesitar un tropiezo.
Se llamaba J. y la afirmación brillaba en su nombre,
en sus dedos y en sus actos.
Se llamaba J. y era un exceso y sin embargo
J. era todo lo que uno olvida,
lo que se olvida con desdén y no con fuerza,
lo que se abandona en un rincón de la mente sin abrirlo,
los recuerdos que no hieren
que no importan
porque, si nunca hieden
no hay necesidad siquiera de sacarlos a la calle.

J. era toda esa nada ya entonces,
y yo también lo era,
fuimos telaraña en un rincón bien alto del verano,
morralla pura,
el capítulo que se descarta del libro
por ser demasiado irrelevante,
innecesario.
Recuerdo poco.
Tan sólo resacas, tedio y algo de culpa,
el rubor de un vago sentimiento utilitario,
un número
y un lamento que siempre me acompaña:
resultó que la crueldad existe
y J. también lo descubrió aquel jueves.

La puerta

Mira que estaba lejos
el letrero de salida;
¡qué lejos!
Casi ni se veía.
Si no entornabas los ojos
parecía que ni había puerta.
Era difusa, como la de Truman.
Tenía hasta su escalera.

Pasaron dos minutos
y me tropecé con los peldaños.
Los miré con desconcierto,
pues ya no hubo ni tiempo
para el “por si no nos vemos luego…”

Me pregunté dónde estabas
y todavía me lo pregunto.
¡Si yo sabía bien el camino
y te perdí sólo un segundo!

Mira que estaba cerca
la puerta
por donde te ibas.

La gravedad de las cosas frágiles

Arrasar con lo débil
es exceso de humanos,
arrastrar hacia el suelo a lo que flota inane,
en vuelo trémulo tan sólo sujeto
por un par de precarias alas rotas.

Negarle un suspiro a un fuego que se apaga,
tirar fuerte de una cuerda que se rompe,
asfixiar a lo que ya se ahogaba.
La síncopa devorando lo incompleto,
inevitable como un hipo
que en su trivialidad destroza un verso.

Los castillos de naipes se caen de un soplo
por mucho que los sostenga
una escalera de color
y sin embargo es esa mano tan humana que se acerca
a colocar la última carta
la que tiembla pensando en la excitación de arrasar,
la que suele sucumbir de puro tedio.

Estábamos tan casi rotos
que no supimos contener el grito de acabar de destrozarnos
tan a punto de quebrarnos
que no pudimos resistirnos al placer inexplicable de hacernos picadillo,
tan blandos,
tan quebradizos,
tan irritantes
que inspirábamos violencia,
demasiado armados para no agredirnos,
demasiado débiles para no matarnos.

Y quién no nos hubiera aplastado,
si éramos ya tan humanos
como aquella cucaracha en el suelo de tu cocina,
quién nos hubiera dejado vivir
si ni siquiera Greenpeace protege a los animales inmundos.

Todos nos volvemos suicidas
si estamos lo bastante asomados a la baranda
y ni siquiera hizo falta:
reventamos el puente
de puro vértigo.